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EDITORIAL

 Editorial  

PRI en el Estado de México; entre el discurso de la resistencia y la realidad del territorio

La dirigencia del Partido Revolucionario Institucional (PRI) en el Estado de México insiste en mirar hacia 2027 con optimismo. Cristina Ruiz Sandoval, senadora y presidenta del Comité Directivo Estatal, ha reiterado que el priismo mexiquense está listo para dar la batalla electoral en los próximos comicios y recuperar rumbo hacia 2030. 

El mensaje, pronunciado recientemente durante la apertura de oficinas del comité municipal en Rayón, apela a la lealtad, la gratitud y la resistencia de un partido que busca reinventarse tras años de retrocesos electorales; sin embargo, entre el discurso y la realidad existe una distancia que cada vez resulta más difícil de ocultar.

El PRI mexiquense atraviesa una etapa marcada por la fuga constante de cuadros políticos hacia otras fuerzas, principalmente el Partido Verde y, en menor medida, pero de manera constante, Morena; el fenómeno no es menor: refleja una estructura que, más que expandirse, parece concentrada en contener pérdidas. En ese contexto, hablar de triunfos futuros sin una estrategia clara de reconstrucción territorial genera más preguntas que certezas.

Uno de los principales retos es la desconexión con gran parte del estado. La actividad partidista sigue enfocada en municipios donde el PRI conserva algún bastión o presencia, pero la realidad es que amplias zonas —especialmente en el sur mexiquense— muestran una ausencia casi total de vida partidista. Comités cerrados en municipios como Villa de Allende, Zacazonapan, Ixtapan del Oro o Donato Guerra evidencian una falta de estructura y, sobre todo, de interés por reconstruir desde abajo; mientras tanto, en el norte del estado persiste cierta actividad política, aunque también ahí la dirigencia parece mirar poco.

El momento político podría representar, paradójicamente, una oportunidad. El desgaste de varios gobiernos morenistas, el desapego de algunos legisladores con sus distritos y un entorno estatal y nacional marcado por problemas de seguridad y salud pública han abierto un espacio para la oposición. No obstante, esa ventana difícilmente podrá aprovecharse si la dirigencia estatal priista continúa distante de liderazgos locales capaces de reagrupar al partido.

La crítica interna apunta a que el PRI mexiquense sigue más atento a las dinámicas de la dirigencia nacional que a las necesidades del territorio; los señalamientos sobre designaciones basadas en compadrazgos y afinidades personales no son nuevos, pero hoy pesan más en un partido que necesita credibilidad, renovación y resultados concretos. 

Mientras algunos perfiles como Lety Mejía parecen apostar por el trabajo de base, otros nombres recurrentes representan para muchos militantes la continuidad de prácticas que alejaron al PRI de la ciudadanía; también resulta llamativo el distanciamiento con actores políticos que han demostrado capacidad de operación electoral en municipios estratégicos, como el caso de Mario Santana Carbajal, en Villa Victoria. 

La falta de integración de liderazgos con presencia real en territorio limita las posibilidades de un proyecto que, en teoría, busca reconstruirse desde lo local.

La narrativa oficial insiste en que el PRI trabaja en territorio, responde a causas sociales y mantiene cercanía con la gente mediante acciones como orientación médica o comedores itinerantes. El planteamiento suena correcto en el discurso, pero la pregunta persiste: ¿quiénes son hoy esos priistas que sostienen la estructura y hasta qué punto cuentan con respaldo real de la dirigencia?

La política, efectivamente, ya no se hace desde una oficina ni desde un café; se construye en calles, comunidades y municipios, donde la ciudadanía exige resultados antes que promesas; el PRI fue durante décadas un partido de organización territorial y gestión local; su reto actual no es recordar ese pasado, sino demostrar que aún puede adaptarse a una realidad política distinta.

Porque en política, ponerse el mandil para la foto no basta; lo que define el futuro de un partido no son los discursos de resistencia, sino la capacidad de convertir palabras en estructura, liderazgo y resultados; y en el Estado de México, esa transformación aún parece lejana.